martes, 9 de julio de 2013

Estuviste

Cuando era pequeña, más pequeña que ahora, más pequeña de un año, perdí algo que todos tenemos que perder alguna vez. Perdí a mi padre y con él nuestro futuro. No suelo escribir sobre esto, pero es que hace un par de días me preguntaron "¿Qué le pasó?" Y siempre respondo lo mismo: Un infarto. "¿Un infarto, y no le pasaba nada?" No. Mi madre siempre me recuerda que cuando fue a decirme que mi padre había muerto, yo, como cualquier bebé de ocho meses me eché a reír y a patalear, por aquella época daba palmas con los pies.

Dos años después lloraba y lloraba, en la guardería el día del padre siempre le escribía una postal a mi abuelo, y no lo entendía. He oído a montones de personas que me han dicho que es peor perder un padre a los ocho meses que a los ocho años. No lo sé. A los cuatro años pensaba que habían niños que nacían sin padre, y tampoco entendía como los padres de Joan eran blancos y él era negro. A los seis mi tío me dijo que cuando fuese más mayor subiría en escaleras mecánicas a ver a mi papá, y que después volvería. ¡Yo no quería esperar tanto! Me contaron cincuenta versiones para aliviar el vacío. Supongo que ninguna lo hacía, pero mientras pensaba en ellas se me olvidaba un rato. Veía a niños de mi escuela que se peleaban con sus padres y les decían "¡Ojalá estuvieses muerto!" Y yo abría la boca como una "o" y le suplicaba que no dijera eso más.

Con ocho años, una amiga mía también perdió a su padre. El dolor era mucho más fuerte que el de un bebé de ocho años. Ella había conocido a su padre, le habría enseñado a montar en bici, le habría dicho que no se fiara de los niños, habrían tirado petardos juntos en Hogueras. Yo no había querido tanto a mi padre como ella al suyo, supongo que de cierta manera es mejor. Como cuando evitas enamorarte para no sufrir, pero sin querer. Aún así, el hueco es tremendo, ojalá supiese como es su voz, si levanta las cejas como yo cuando se sorprende, o si frunce los labios como mi hermano cuando se pone nervioso. O si aún quisiera a mi madre.

Todos los días, desde que vi una peli que ni sé cual es, le digo "te quiero" a mi madre. Por si acaso y de verdad. Aunque le salgan los humos de la cabeza, también podría darle otro infarto... Y jamás querría que se quedara con un "¡Ojalá estuvieses muerta!" lleno de reproches de crío.

Seguro que durante los ocho meses que estuvimos, me arropabas, me comías los mofletes y me repetías cuanto me querías, a mi, a mi madre y a Toni. Sería una suerte tenerte.

No hay comentarios:

Publicar un comentario